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El santo de estiercol
Por Francho

Este artículo aparece en A este lado del Rubicón. Está copiado integramente de allí y quería que los rodianos lo leyesen, yo lo suscribo al 100%, es por eso que lo reproduzo. Aprovecho para recomendar la lectura de tan interesante blog.

Les voy a decir unas cuantas cosas sobre las que puede que tengan o no noticias, pero en cualquier caso viene bien recordarlas. La primera, por poner un ejemplo, es que Nicolás Romanov, segundo de ese nombre en su familia y zar de todas las Rusias hasta 1917, era un indeseable humana y políticamene hablando. Se concebía a sí mismo como el trasunto de una difusa divinidad y, como tal, podía transferir tal carácter divino a los que eran de su sangre, cosa que ellos y ellas aprovechaban sistemáticamente para, sintiéndose también dioses, usar ampliamente sus asumidos derechos divinos sobre el territorio ruso y sobre las vidas de sus habitantes.

El fasto de su corte hacía palidecer la de otras muchas de su época, no obstante bastante ricas y pomposas. La propia Victoria no las habría tenido todas consigo en caso de haber participado en un concurso de ostentación con su primo (todos, al parecer, lo eran, o les gustaba considerarse tales en un acto más de corporativismo regio-divino muy al uso).

En contraste, la pobreza de sus súbditos, en realidad esclavos, era humillante y oprobiosa para quienes les mantenían en ella y, por extensión, para todos aquellos que lo permitían por acción u omisión, en Rusia y fuera de ella. La famosa película de Eisenstein sobre el levantamiento de la tripulación del acorazado Príncipe Potemkin contra sus oficiales no exagera en absoluto, igual que la otra epopeya eisensteniana, Octubre, es una hagiografía de la revolución, pero narra la situación real del pueblo ruso. Vean ambas quienes no lo hayan hecho y se darán cuenta de lo que quiero decir.

En este contexto, la revolución bolchevique de 1917 tuvo y tiene todas las justificaciones para darse como se dio. Los actos violentos cometidos en ella no logran asemejarse ni tan siquiera un poquito a la extrema violencia y humillación que el Padrecito Nicolás infligió a su pueblo durante décadas, al igual que sus predecesores, de la misma familia y de otras, lo hicieron con los de sus respectivas épocas. En cualquier caso, son actos violentos legítimos en la medida en que eran imprescindibles para sacudirse el yugo de un régimen alienante e inhumano, surgido de la peor pesadilla de un neurótico. Punto.

Nicolás y su familia fueron asesinados. Las circunstancias en que lo fueron hacen pensar que no existió un juicio en regla en que se les acusase y juzgase con las debidas garantías de defensa. Esto es lo que hoy nos plantearíamos hacer mucha gente de izquierdas que, sin embargo, defendemos la revolución bolchevique de 1917 tal como se dio. Visto desde la óptica del siglo XXI, fue algo muy torpe asesinarles así, privando al conjunto de los trabajadores del mundo de la satisfacción de enterarse que los Romanov, ¡nada menos!, habían tenido que dar cuenta ante unos jueces por sus actos de toda una vida, por esquilmar un país en su beneficio y en el de unos cuantos terratenientes, por asesinar a cientos de miles lentamente, en todo el país, a lo largo de décadas...

Hoy yo habría defendido hacer ese juicio y concederles las garantías que ellos no concedieron nunca a su pueblo, ni siquiera se plantearon hacerlo. Habría hecho como los cubanos hicieron con los juicios de La Habana, tan didácticamente glosados por Jürgen Habermas. Lo malo es que rápidamente habría surgido alguien que habría propuesto contratar a una empresa de comunicación que organizase el evento y montase un circo mediático en el que, ¿por qué no?, los principales pases del juicio estuvieran patrocinados por firmas comerciales.

Pero, dejando a un lado los delirios imaginarios, la revolución se dio cuando se dio, y fue la primera que se dio. Había mucha rabia acumulada y mucho optimismo exultante. Tanto que poca gente (alguna, sí) se dio cuenta de que se iba formando poco a poco una camarilla que luego se convirtió en una casta y que iba a acabar gobernando el mismo territorio y a la misma gente con similar mano de hierro, sin ni siquiera el pobre consuelo del guante de terciopelo. Pero eso fue después. Entonces, en aquel julio de 1918, Nicolás Romanov y su familia eran el estiércol sacado de la cuadra por unos campesinos exhaustos, tras la limpieza a fondo del recinto y el adecentamiento de los animales.

Y se limitaron a enterrar el estiércol para que su hedor no molestase a la gente pobre pero honrada y, por fin, orgullosa, que vivía en los alrededores. Si al final acaban santificándole, será San Puta Mierda de Rusia. Bien muerto está.

17 de Julio, 2008, 12:48, Categoría: Política
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